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viernes, 13 de febrero de 2015

Desear y necesitar

Una de las formas más sencillas que existen de que nos amarguemos nosotros mismos la existencia, es permitiendo que nuestros deseos se transformen en necesidades. El proceso es muy sencillo, y todos lo hemos vivido en más de una ocasión: quieres algo, sutilmente ese deseo se transforma en una obsesión, y ya es demasiado tarde, has caído en la trampa, sientes que lo necesitas.
Lo que inicialmente quieres y pasas después a necesitar son siempre cosas que no son imprescindibles. De otro modo no empezarías sólo queriéndolas, sino que las necesitarías desde el principio. Si lo piensas bien, en las sociedades occidentales ya contamos con todo lo necesario para vivir. Incluso los más desfavorecidos, los sin techo, cuentan gracias a Dios con albergues donde cobijarse cuando el frío arrecia, y personas maravillosas y entregadas se encargan de que no les falte el plato de comida.  Comparadas con sus necesidades, ¿cuáles pueden ser las nuestras? Y sin embargo en el día a día sentimos que las tenemos, que no podemos pasar sin el yogurt de una determinada marca –más cara, por supuesto, y no probadamente mejor-, sin tener muchas piezas de cada prenda para poder elegir cómo vestirnos en función de nuestro humor, o el teléfono móvil o el coche de la marca que creemos merecer, que mejor represente el status en el que deseamos sentirnos.
Ahí está el quid de la cuestión. Si fuésemos capaces de pensar desapasionadamente nos daríamos cuenta de hasta qué punto nosotros solos nos volvemos dependientes de necesidades que no son tales, sino que las desarrollamos como consecuencia de la presión social, de los medios de comunicación, o de una imagen de nosotros mismos labrada a base de frustraciones que intentamos mitigar mediante la posesión de cosas que nos son ajenas, que incluso a veces no nos podemos permitir.
Un ejercicio esclarecedor es preguntarte, cuando sientes que necesitas algo, qué frustración estás intentando acallar. Este punto se revela claramente en las compras compulsivas. Su impulso no comienza en la propia tienda, siempre hay una desazón previa que nos invade en casa o en el trabajo. Es en esos momentos en los que sentimos el impulso de poseer cuando deben saltar todas las alarmas, y debemos dar primacía a nuestro pensamiento racional –vía superior- frente a nuestro pensamiento visceral –vía inferior-. Sé que es difícil porque lo normal es que nuestro comportamiento se vea impulsado por nuestra vía inferior, y la vía superior busque justificaciones racionales a posteriori. Pero si ya de por es necesario reconocer que la mayoría de las veces nos comportamos por emociones, peor sería dejar que esto suceda de forma consciente, que nos abandonemos al imperio de las impulsos.

Hay especialistas que afirman que incluso es insano que nuestra felicidad dependa de otras personas, un concepto muy arraigado en el ideal del amor romático. No me siento capacitado para enjuiciar este punto, porque como muchos tengo heridas de amor que aún no han cicatrizado. Según ellos lo más sano, mentalmente hablando, es no necesitar aquello de lo que no te puedas desprender. Me parece un ideal alcanzable sólo por las personas que se han decidido por una vida ascética. El común de los mortales sólo aspiramos a una libertad que nos haga más felices. La necesidad de cosas que en realidad no son imprescindibles sin duda nos esclaviza un poco cada día… en la medida en que no seamos capaces de pensar de forma más sana. El acceso a esta libertad está, sin excusas, en nuestras manos.

miércoles, 24 de diciembre de 2014

Los pesarosos y las cenas de Navidad

     Este post se lo debe todo a un artículo en El País, y a una llamada a mi amigo J. J., que justamente se iba de cena de Navidad.
Yo: (pensando en el artículo) ¿Y qué me dices de las personas que tienen que asistir a estas cenas, en las que todos aparentamos ser felices, aunque lo estén pasando mal?
J. J.: ¡Yo me las apaño para sentarme en la esquina opuesta!
     J .J. dice que lo que no soporta es que le miren con envidia, porque él es una persona vitalista a quien además no le va mal en la vida. Pero lo que realmente ocurre es más sencillo: nadie quiere estar cerca de aquellos que tienen problemas. Con su actitud pesarosa y sus caras largas, nos hacen sentir culpables por encontrarnos razonablemente bien. También puede ocurrir que seamos un poco supersticiosos, y pensemos que el gafe se nos puede pegar. Si a pesar de ello te preocupas por hacerles la velada lo más agradable posible, este artículo te ayudará a saber cómo comportarte.
     
Pero me dirijo a ti, que no puedes evitar esa cena aunque maldito el humor que tienes para cumplir. No pretendo minimizar tus problemas, ni voy a conseguir que los olvides, pero al menos sí puedo ayudarte a que disfrutes un poco más la velada.
En primer lugar piensa que no estás solo, hay una legión de españoles en tu situación. Una pérdida, el paro, la depresión… Pues bien, muchos de ellos van a ser capaces de disfrutar, a pesar de todo.
¿Por qué?:
  • Porque han sabido interiorizar que los demás no tienen la culpa de lo que les está ocurriendo.
  • Por lo tanto lo único que pueden hacer es alegrarse con la felicidad ajena.
  • Porque a pesar de lo que les ocurre saben que aún son capaces de hacer muchas cosas valiosas por sí mismos y por los demás.

¿Y cómo?:
  • Concediéndole una tregua de una noche a sus sufridos corazones.
  • Sumando la propia buena disposición a la actitud de los otros.
  • Eligiendo no amargarse ellos mismos, ni amargar a los demás.

Eso no significa liarte la manta a la cabeza y pillar la borrachera del siglo, que además terminaría por entristecerte aún más. Encuentra la fórmula que mejor se adapte a ti. Por ejemplo, puedes plantearte la cena como un juego, disfrutando al comprobar cómo van a apareciendo alrededor de la mesa los roles acostumbrados: el circunspecto, el gracioso, la autoridad moral, el metepatas…, y cómo se van desinhibiendo conforme transcurre la noche.
     En resumen, elige tu propia fórmula para vivir el momento.
Porque ante cualquier circunstancia siempre hay más de una opción, aunque sólo sea el decidir conscientemente cómo vamos a vivirla.

lunes, 15 de diciembre de 2014

Tremendismo

Imagínate que de repente y sin más explicación tu pareja te suelta que te ha sido infiel, y que te abandona. Puede que con sólo imaginarlo ya te sientas mal. Fases:
  1. Estupor inicial. Si vives en una sociedad mediterránea airearás el asunto a voz en grito con todo aquel que esté dispuesto a escucharte, y si eres del norte de Europa lo guardarás en tu maltrecho corazoncito intentando sobreponerte por tus propios medios.
  2. Te preguntas: ¿qué habré hecho? ¿qué hice en el pasado? ¿qué tendría que haber hecho y no hice?
  3. Fantaseas con la posibilidad de la reconciliación, o la reconquista.
  4. Y puedes terminar interiorizando cualquiera de estas dos creencias:
--que no eres capaz de vivir sin esa persona (feo feo).

--que no volverás a encontrar a nadie con quien realmente merezca la pena compartir tu vida (¡y eso te resulta insoportable!).
En cualquier caso te sientes muy mal, y crees que no es para menos. Estableces una relación directa entre lo que te ocurre y cómo te sientes. En una línea del malestar, calificarías la situación de “terrible”. 
Sufres de tremendismo, porque aún no te has dado cuenta de que, aún más importante que lo que te ocurre, es lo que tú mismo te dices acerca de lo que te ocurre. Es como ese conocido pesado que todos tenemos, quien es capaz de seguir robándonos la calma tras habernos librado de él, porque seguimos dándole vueltas a cómo nos ha hecho sentir. Sencillamente  estamos concediéndole un poder que no le corresponde.
En demasiadas ocasiones no caemos en la cuenta de que entre un acontecimiento y cómo nos hace sentir debe existir la mediación de nuestro raciocinio, mitigando su impacto. Rizando el rizo, si buscases la iluminación budista, también deberías aplicarlo a las situaciones felices: “Si estás triste, tranquilo que pasará. Si estás feliz, tranquilo que pasará”. Personalmente no aspiro a tanto, porque creo que las cosas no esenciales también nos pueden aportar mucha felicidad.

Lo que quisiera sugerirte es que la próxima vez que sufras de tremendismo, a veces por cuestiones que tú mismo reconoces que son nimias, te preguntes en qué estás disconforme con tu vida, qué te lleva a pensar de esta forma exagerada. Sin duda identificarlo es el primer paso para resolverlo, y en el camino aprendemos todos a pensar de una forma mucho más sana, que nos ayuda a vivir mejor.