viernes, 27 de febrero de 2015

Decisiones con futuro

 “Carpe diem” es una expresión latina que significa “aprovecha el momento”, no lo malgastes. Que no es lo mismo que decir, como algunos pretenden, que hagas en cada momento lo que te venga en gana. Su adopción tuvo sus propias peculiaridades según los valores de cada época. En la Edad Media y en el Romanticismo se puso especial énfasis en la certeza de la muerte, que podía sorprenderte en cualquier momento. En el Renacimiento, sin embargo,  se priorizó el hecho de que la juventud no es para siempre, y hay que disfrutarla. En la actualidad creo que se puede traducir por un sentido epicúreo de la vida: haz ahora lo que te vaya a hacer más feliz a medio y largo plazo… teniendo presente que la degradación y la muerte te van a llegar inevitablemente: por eso lo que no debes hacer es quedarte parado viendo la vida pasar.
El problema es que vivir el presente no es fácil, es una lucha constante, sobre todo porque está plagado de pasado y de futuro. El pasado suele entristecernos porque estamos programados para idealizarlo, y por lo tanto para echarlo de menos. Y el futuro es una proyección que, conforme nos hacemos mayores, nos provoca ansiedad. Por eso, aunque vivamos una situación feliz en el presente, siempre podemos compararla con lo que tuvimos en el pasado, y temer que se nos agotará en el futuro.
Entonces, ¿cómo superar el pasado y el futuro, y saber vivir el presente? La respuesta es sencilla, pero difícil de llevar a cabo: tomando decisiones ahora, asumiendo que lo que decidimos hoy es fruto de nuestro pasado, y condicionará en buena medida nuestro futuro. Decisiones que sean sinceras, que nazcan de nuestro corazón, y después sean calibradas por nuestras cabezas. No meras ensoñaciones, ni deseos que no dependan de nosotros mismos. Reflexiones serias acerca de lo que queremos hacer con nuestras vidas, lo suficientemente poderosas como para impulsarnos a dar los pasos adecuados para lograrlo. Para vivir el presente en plenitud tenemos que haber aprendido a estar agradecidos a nuestro pasado, y tener los ojos abiertos a la esperanza del futuro, que en buena medida radica en lo que hagamos hoy. Y eso depende sobre todo de nosotros mismos. ¡Carpe diem!


viernes, 13 de febrero de 2015

Desear y necesitar

Una de las formas más sencillas que existen de que nos amarguemos nosotros mismos la existencia, es permitiendo que nuestros deseos se transformen en necesidades. El proceso es muy sencillo, y todos lo hemos vivido en más de una ocasión: quieres algo, sutilmente ese deseo se transforma en una obsesión, y ya es demasiado tarde, has caído en la trampa, sientes que lo necesitas.
Lo que inicialmente quieres y pasas después a necesitar son siempre cosas que no son imprescindibles. De otro modo no empezarías sólo queriéndolas, sino que las necesitarías desde el principio. Si lo piensas bien, en las sociedades occidentales ya contamos con todo lo necesario para vivir. Incluso los más desfavorecidos, los sin techo, cuentan gracias a Dios con albergues donde cobijarse cuando el frío arrecia, y personas maravillosas y entregadas se encargan de que no les falte el plato de comida.  Comparadas con sus necesidades, ¿cuáles pueden ser las nuestras? Y sin embargo en el día a día sentimos que las tenemos, que no podemos pasar sin el yogurt de una determinada marca –más cara, por supuesto, y no probadamente mejor-, sin tener muchas piezas de cada prenda para poder elegir cómo vestirnos en función de nuestro humor, o el teléfono móvil o el coche de la marca que creemos merecer, que mejor represente el status en el que deseamos sentirnos.
Ahí está el quid de la cuestión. Si fuésemos capaces de pensar desapasionadamente nos daríamos cuenta de hasta qué punto nosotros solos nos volvemos dependientes de necesidades que no son tales, sino que las desarrollamos como consecuencia de la presión social, de los medios de comunicación, o de una imagen de nosotros mismos labrada a base de frustraciones que intentamos mitigar mediante la posesión de cosas que nos son ajenas, que incluso a veces no nos podemos permitir.
Un ejercicio esclarecedor es preguntarte, cuando sientes que necesitas algo, qué frustración estás intentando acallar. Este punto se revela claramente en las compras compulsivas. Su impulso no comienza en la propia tienda, siempre hay una desazón previa que nos invade en casa o en el trabajo. Es en esos momentos en los que sentimos el impulso de poseer cuando deben saltar todas las alarmas, y debemos dar primacía a nuestro pensamiento racional –vía superior- frente a nuestro pensamiento visceral –vía inferior-. Sé que es difícil porque lo normal es que nuestro comportamiento se vea impulsado por nuestra vía inferior, y la vía superior busque justificaciones racionales a posteriori. Pero si ya de por es necesario reconocer que la mayoría de las veces nos comportamos por emociones, peor sería dejar que esto suceda de forma consciente, que nos abandonemos al imperio de las impulsos.

Hay especialistas que afirman que incluso es insano que nuestra felicidad dependa de otras personas, un concepto muy arraigado en el ideal del amor romático. No me siento capacitado para enjuiciar este punto, porque como muchos tengo heridas de amor que aún no han cicatrizado. Según ellos lo más sano, mentalmente hablando, es no necesitar aquello de lo que no te puedas desprender. Me parece un ideal alcanzable sólo por las personas que se han decidido por una vida ascética. El común de los mortales sólo aspiramos a una libertad que nos haga más felices. La necesidad de cosas que en realidad no son imprescindibles sin duda nos esclaviza un poco cada día… en la medida en que no seamos capaces de pensar de forma más sana. El acceso a esta libertad está, sin excusas, en nuestras manos.

jueves, 5 de febrero de 2015

¿Empezaste el 2015 con el pie adecuado?

   Todos comenzamos el año llenos de buenos propósitos que, a pesar de depender en buena medida de nosotros mismos, muchas veces no se cumplen. A veces porque nos ponemos metas que nos exigen demasiado esfuerzo, y ya vivimos desgastados por el día a día. Otras veces es porque nuestros deseos no tienen los pies en el suelo: de este modo nosotros mismos somos el origen de nuestra frustración. Soy de los que cree que soñar no es algo que pueda tomarse a la ligera. Para disfrutar realmente de un sueño necesito que esté relativamente a mi alcance.  Lo que los estudios científicos han demostrado, acerca de las supuestas claves del éxito de personas de todos los ámbitos, es que las susodichas claves no existen. Hay quienes lo logran tras muchísimo esfuerzo, otros sin apenas inmutarse. Algunos han perseguido su sueño durante años, otros lo han logrado en un abrir y cerrar de ojos. Unos han tenido que dejarse la piel investigando para encontrar ese producto revolucionario o esa fórmula innovadora, a otros les llegó por pura intuición. Los libros que nos aseguran contener la fórmula del éxito son perfectos para quienes los escribieron, pero hay que saber distinguir qué cosas podemos aplicar a nuestra propia vida, y cuáles no. Son lo que son, ideas que te deben generar otras ideas, para que al final tú mismo busques y encuentres tu propio camino.

Pero siguiendo con los buenos propósitos, hace unos días me tropecé con una propuesta de Avaaz que me pareció muy hermosa, y quiero compartir contigo.
Nos sugieren 3 propósitos para el 2015. Si los aplicamos no sólo mejorarán nuestra vida, sino que harán del planeta un lugar mejor. Son los siguientes:


  • ·  Muestra amabilidad y respecto: Vamos a mostrar amabilidad y respeto hacia nosotros mismos y los demás siempre que sea posible. Y siempre es posible, porque todos los que conocemos están peleando una batalla de la que probablemente no sabemos nada.
  • ·       Lucha por la sabiduría: Vamos a tratar de ser sabios en nuestras decisiones, escuchándonos profundamente a nosotros mismos y a los demás, y equilibrando nuestras cabezas, corazones e intuiciones en una armonía que nos haga sentir bien.
  • ·       Practica la gratitud: Vamos a reflexionar regularmente sobre lo que estamos agradecidos, porque trae perspectiva, disuelve la negatividad, y nos afianza en las cosas realmente importantes.

Me gustaron especialmente porque son propósitos que están al alcance de todos, y porque se aplican hacia dentro, pero tienen repercusiones hacia fuera: el mundo nos necesita mejores, seamos pues el cambio que necesita el mundo.
¿Te sumas a poner en práctica estos 3 principios? Puedes firmar por ellos aquí.