Una de las formas más sencillas que existen de que nos
amarguemos nosotros mismos la existencia, es permitiendo que nuestros deseos se
transformen en necesidades. El proceso es muy sencillo, y todos lo hemos vivido
en más de una ocasión: quieres algo, sutilmente ese deseo se transforma en una
obsesión, y ya es demasiado tarde, has caído en la trampa, sientes que lo
necesitas.
Lo que inicialmente quieres y pasas después a necesitar
son siempre cosas que no son imprescindibles. De otro modo no empezarías sólo
queriéndolas, sino que las necesitarías desde el principio. Si lo piensas bien,
en las sociedades occidentales ya contamos con todo lo necesario para vivir.
Incluso los más desfavorecidos, los sin techo, cuentan gracias a Dios con
albergues donde cobijarse cuando el frío arrecia, y personas maravillosas y
entregadas se encargan de que no les falte el plato de comida. Comparadas con sus necesidades, ¿cuáles
pueden ser las nuestras? Y sin embargo en el día a día sentimos que las
tenemos, que no podemos pasar sin el yogurt de una determinada marca –más cara,
por supuesto, y no probadamente mejor-, sin tener muchas piezas de cada prenda
para poder elegir cómo vestirnos en función de nuestro humor, o el teléfono
móvil o el coche de la marca que creemos merecer, que mejor represente el
status en el que deseamos sentirnos.
Ahí está el quid de la cuestión. Si
fuésemos capaces de pensar desapasionadamente nos daríamos cuenta de hasta qué
punto nosotros solos nos volvemos dependientes de necesidades que no son tales,
sino que las desarrollamos como consecuencia de la presión social, de los
medios de comunicación, o de una imagen de nosotros mismos labrada a base de
frustraciones que intentamos mitigar mediante la posesión de cosas que nos son
ajenas, que incluso a veces no nos podemos permitir.
Un ejercicio esclarecedor es preguntarte, cuando sientes
que necesitas algo, qué frustración estás intentando acallar. Este punto se
revela claramente en las compras compulsivas. Su impulso no comienza en la
propia tienda, siempre hay una desazón previa que nos invade en casa o en el
trabajo. Es en esos momentos en los que sentimos el impulso de poseer cuando
deben saltar todas las alarmas, y debemos dar primacía a nuestro pensamiento
racional –vía superior- frente a nuestro pensamiento visceral –vía inferior-.
Sé que es difícil porque lo normal es que nuestro comportamiento se vea
impulsado por nuestra vía inferior, y la vía superior busque justificaciones
racionales a posteriori. Pero si ya de por es necesario reconocer
que la mayoría de las veces nos comportamos por emociones, peor sería dejar que esto
suceda de forma consciente, que nos abandonemos al imperio de las impulsos.
Hay especialistas que afirman que incluso es insano que
nuestra felicidad dependa de otras personas, un concepto muy arraigado en el
ideal del amor romático. No me siento capacitado para enjuiciar este punto,
porque como muchos tengo heridas de amor que aún no han cicatrizado. Según
ellos lo más sano, mentalmente hablando, es no necesitar aquello de lo que no
te puedas desprender. Me parece un ideal alcanzable sólo por las personas que
se han decidido por una vida ascética. El común de los mortales sólo aspiramos
a una libertad que nos haga más felices. La necesidad de cosas que en realidad
no son imprescindibles sin duda nos esclaviza un poco cada día… en la medida en
que no seamos capaces de pensar de forma más sana. El acceso a esta libertad
está, sin excusas, en nuestras manos.

