Yo prefiero llamarlo “manía”, aunque tengo que reconocer que
probablemente se trate de una superstición. Y es que cuando existe la
posibilidad de que algo bueno me ocurra, no se lo cuento a nadie, convencido de
que si lo hago deja de suceder. Vamos, que al contarlo, lo gafo. Con los años
cada vez se da menos esta circunstancia de esperar que la vida te haga un
regalo, porque te das cuenta de que ya te ha regalado infinidad de cosas… Sin embargo la superstición de no
contarlo sigue ahí, vivita y coleando, recordándome que la lógica no aplica a
las emociones, ni a las esperanzas.
No te descubro nada si te digo que las cosas no siempre salen
como uno espera. Y pareciera que cuantas más ilusiones pones en algo, más
posibilidades tienes de que salga mal, no sólo cuando depende de los demás, que sería
lo más lógico: también cuando sólo influye la voluntad de uno mismo. Pero ¿es
posible que haya algo en lo que sólo influya la voluntad propia? Y, sobre todo, ¿a qué puede deberse que tantas veces los planes no nos
salgan bien?
La Naturaleza no es absurda, ni ilógica. Lo que nos ocurre en
cada instante no es fruto del azar, salvo que llamemos así a las premisas que
precipitan los acontecimientos, que son tantas, y de órdenes tan variados, que
nos resulta imposible controlarlas. Eso no significa que sean caóticas: tienen
su propio orden y lógica, lo que ocurre es que nos resulta totalmente imposible
comprenderlo, al menos en su verdadera complejidad. Solemos valorar lo que nos
ocurre en función de sus consecuencias, aunque deberíamos pensárnoslo dos veces
antes de decir si lo que nos acontece es bueno o malo, porque nunca sabremos
qué hubiera ocurrido si las cosas hubieran sucedido de forma distinta. No
podemos comparar lo que nos pasa con la multitud de opciones que nos hubieran
podido suceder. Esas consecuencias, sin duda hubieran sido totalmente distintas
si su origen hubiera sido otro. Entonces, ¿cómo definir si lo que nos ocurre es
bueno o es malo? Para ser fieles a la relatividad de lo que nos sucede,
¿tendremos que renunciar a definir un acontecimiento como “bueno” o “malo”? La
razón, y algunas filosofías, dicen que sería lo más adecuado. Pero también creo
que resultaría antinatural. El cerebro aplica automáticamente sentimientos a lo
que nos ocurre. Es más, nos aseguramos de estar viviendo la realidad gracias a
esos sentimientos. ¿Qué tipo de vida viviríamos si no nos emocionase lo que nos
pasa? Te propongo una solución intermedia: reconocer lo bueno y lo malo que hay
en cada cosa que nos acontece. De ese modo, cuando algo que nos parecía
maravilloso deje de serlo, no nos decepcionará tanto. Y las cosas que nos parecen
terribles sin duda nos llevan a tomar decisiones que nos ayudan a crecer como
personas, y sólo por eso ya no son tan catastróficas. Pero además el tiempo se
encarga de demostrarnos que las malas circunstancias no duran para siempre. Por
supuesto no estoy sugiriendo que haya que ser conformista ante las desgracias,
hay que luchar siempre por ser felices. Pero justamente para lograrlo, hay que
ser capaces de ver las circunstancias con perspectiva. Lo dicen los budistas:
“Si estás muy triste, tranquilo, que pasará. Si estás muy feliz, tranquilo, que
pasará”.

