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jueves, 15 de enero de 2015

El trance urbano

La bondad es sin duda una característica evolutiva que nos ha hecho crecer como especie. Somos animales hipersociales, el desarrollo gregario está en la base de nuestro éxito evolutivo, y ese estado socializado sería imposible sin la bondad. Es razonable pensar que el primer paso para ayudar a los demás es la empatía. La empatía genera la compasión, y ésta nos lleva a la acción. ¿Y sabías que para que haya empatía, hace falta la atención? Para que el proceso de la bondad surja, tenemos que tener nuestros sentidos dispuestos a captar lo que ocurre a nuestro alrededor para apercibirnos, en primer lugar, de que alguien cerca de nosotros lo está pasando mal. Pero ¿cómo estar pendientes de lo que ocurre fuera de nosotros cuando hay tantos inputs que reclaman nuestra atención? Internos y externos: a nuestro alrededor hay miles de llamadas a nuestra atención, tantas que es imposible atender conscientemente a cada una de ellas.
Por eso ponemos el piloto automático, dejamos que el cerebro descarte la información que no le parezca relevante y se centre en lo que considere importante. Este fenómeno se observa sobre todo en las ciudades, cuando tenemos que desplazarnos. Hay infinidad de estímulos que nos gritan para llamar nuestra atención. Nos refugiamos en nosotros mismos (o en la música del mp3), pensando en la próxima tarea que tenemos que hacer o en el destino al que hemos de llegar. A este fenómeno se le conoce como el “trance urbano”.
Es lógico, incluso inevitable que nuestra mente se comporte así. Cuando vivíamos en la naturaleza la capacidad de atención de un miembro del grupo podía librarles a todos de muchos problemas, y decenas de ojos y oídos juntos eran mucho más eficaces que sólo un par. Entonces había muchos menos estímulos a los que atender, y todos ellos eran importantes para la supervivencia. Hoy vivimos una sobreexposición a estímulos que no suponen la diferencia entre la vida y la muerte. El cerebro lo sabe, y por eso descarta… a veces demasiado. El paradigma de esto es la prisa: entonces prácticamente todo pasa a ser secundario excepto nuestra urgencia.

Pero el cerebro es una máquina que se puede entrenar. Sería una pena que con el ritmo de vida actual fuésemos contra natura, olvidándonos de una característica que nos es tan propia como la bondad. Enseñemos a nuestra mente a priorizar las señales que nos transmiten las personas que tenemos más cerca, a ser capaces de empatizar con ellos y consecuentemente a movilizarnos con compasión. Hemos evolucionado para sentirnos bien ayudando a los demás. Así pues la bondad no sólo nos hace más humanos, sino que es un bien inmaterial del que todos debemos sentirnos orgullosos.