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jueves, 3 de septiembre de 2015

Miedos enfrentados

Hoy le cedo este espacio a unas palabras de lesa humanidad. No comulgo con muchos de los postulados de Ada Colau, alcaldesa de Barcelona. Sin embargo no puedo estar más de acuerdo con este texto suyo, compartido en Facebook. Te invito a que seas más fuerte que tus miedos, y después mires en tu corazón: ¿qué actitud vas a tomar?

“Antes de ayer 50 personas murieron asfixiadas en la bodega de un barco. Ayer más de 70 muertos en el interior de un camión. Hoy nos despertamos con dos naufragios: puede que más de cien muertos. Tenemos un mar que se llena de muertos. Unas fronteras que se llenan de alambres, pinchos, cuchillas... y de muertos.
Hombres, mujeres, niños y niñas, muertos.
Y una parte de Europa llora, grita, quiere que se salven, que no mueran, pero... pero que no vengan, que se vayan, que desaparezcan, que no existan y que no tengamos que verlos en la tele, y menos en nuestras calles, con sus mantas, en el metro, o en las escaleras de nuestras casas.
Algunos de forma irresponsable promueven el miedo a “los otros”, “los ilegales”, “los que vienen a vender sin licencia”,” a gastar nuestra sanidad”, “a quedarse nuestras ayudas”, “a ocupar nuestras plazas de colegio”, “a pedir”, “a mendigar” “a delinquir”...
Pero el miedo es sólo eso: miedo. Nuestro miedo a vivir un poco peor contra su miedo a no sobrevivir. Nuestro miedo a tener que compartir una pequeña parte del bienestar contra su miedo al hambre y a la muerte, tan profundo que les ha dado el valor de arriesgarlo todo, para venir sin otro equipaje que el propio miedo. 

Miedo contra miedo. Y el suyo es más fuerte. Así que Europa, europeos: abramos los ojos. No va a haber suficientes muros ni alambres que paren esto. Ni gases lacrimógenos ni pelotas de goma. O abordamos un drama humano desde la capacidad de amar que nos hace humanos, o acabaremos todos deshumanizados. Y habrá más muertos, muchos más. Ésta no es una batalla para protegernos de “los otros”. Ahora mismo esto es una guerra contra la vida.
Que los gobiernos dejen de amenazar con el “Efecto llamada”. Lo que necesita Europa, urgentemente, es una “Llamada al afecto”, una llamada a la empatía. Podrían ser nuestros hijos, hermanas o madres. Podríamos ser nosotros, como también fueron exiliados muchos de nuestros abuelos.
Aunque se trata de un tema de competencia estatal y europea, desde Barcelona haremos todo lo que podamos para participar de una red de ciudades-refugio. Queremos ciudades comprometidas con los derechos humanos y con la vida, ciudades de las que sentirnos orgullosos”. Ada Colau.

(imagen: hoyvenezuela.info)

jueves, 15 de enero de 2015

El trance urbano

La bondad es sin duda una característica evolutiva que nos ha hecho crecer como especie. Somos animales hipersociales, el desarrollo gregario está en la base de nuestro éxito evolutivo, y ese estado socializado sería imposible sin la bondad. Es razonable pensar que el primer paso para ayudar a los demás es la empatía. La empatía genera la compasión, y ésta nos lleva a la acción. ¿Y sabías que para que haya empatía, hace falta la atención? Para que el proceso de la bondad surja, tenemos que tener nuestros sentidos dispuestos a captar lo que ocurre a nuestro alrededor para apercibirnos, en primer lugar, de que alguien cerca de nosotros lo está pasando mal. Pero ¿cómo estar pendientes de lo que ocurre fuera de nosotros cuando hay tantos inputs que reclaman nuestra atención? Internos y externos: a nuestro alrededor hay miles de llamadas a nuestra atención, tantas que es imposible atender conscientemente a cada una de ellas.
Por eso ponemos el piloto automático, dejamos que el cerebro descarte la información que no le parezca relevante y se centre en lo que considere importante. Este fenómeno se observa sobre todo en las ciudades, cuando tenemos que desplazarnos. Hay infinidad de estímulos que nos gritan para llamar nuestra atención. Nos refugiamos en nosotros mismos (o en la música del mp3), pensando en la próxima tarea que tenemos que hacer o en el destino al que hemos de llegar. A este fenómeno se le conoce como el “trance urbano”.
Es lógico, incluso inevitable que nuestra mente se comporte así. Cuando vivíamos en la naturaleza la capacidad de atención de un miembro del grupo podía librarles a todos de muchos problemas, y decenas de ojos y oídos juntos eran mucho más eficaces que sólo un par. Entonces había muchos menos estímulos a los que atender, y todos ellos eran importantes para la supervivencia. Hoy vivimos una sobreexposición a estímulos que no suponen la diferencia entre la vida y la muerte. El cerebro lo sabe, y por eso descarta… a veces demasiado. El paradigma de esto es la prisa: entonces prácticamente todo pasa a ser secundario excepto nuestra urgencia.

Pero el cerebro es una máquina que se puede entrenar. Sería una pena que con el ritmo de vida actual fuésemos contra natura, olvidándonos de una característica que nos es tan propia como la bondad. Enseñemos a nuestra mente a priorizar las señales que nos transmiten las personas que tenemos más cerca, a ser capaces de empatizar con ellos y consecuentemente a movilizarnos con compasión. Hemos evolucionado para sentirnos bien ayudando a los demás. Así pues la bondad no sólo nos hace más humanos, sino que es un bien inmaterial del que todos debemos sentirnos orgullosos.