Tengo 40 años. Pertenezco a una generación que desconocía
el concepto de motivación. Cuando sacaba buenas notas y se lo recordaba a mis
padres esperando algún regalo, me respondían: “no haces más que lo que debes”
En efecto, cuando era niño las cosas había que hacerlas porque te las mandaban,
o porque debías. El asunto era especialmente acuciante en cuestiones éticas: ¿hago
el esfuerzo de ser amigo de Cristina, que es una engreída pero no tiene amigos?
¿estudio lo justo para aprobar matemáticas, que detesto, o me esfuerzo más para
lograr una buena nota y alegrar a mis padres? Si eras un niño dócil hacías lo
que te decían que tenías que hacer… o cargabas con el sentimiento de culpa.
Así y todo hemos salido adelante arrastrando esa idea del
deber por delante de las preferencias.
Cuando ya hemos crecido asistimos, durante años, al
descrédito del deber. Cualquier cosa obligada era intrínsecamente rechazable.
No sólo para los niños, también para los adultos, que parecíamos desquitarnos
así de una infancia que según algunos psicólogos había sido necesariamente
traumática. No voy a minimizar los posibles errores de nuestros padres, pero
hoy pienso que la gran mayoría lo hicieron todo lo bien que supieron, que no es
poco. Pero nosotros no hemos querido repetir sus fallos y generamos en casa un
entorno de negociación y motivación: el lunes vemos tu serie en tv y el martes
vemos la mía; el niño no saca buenas notas no porque no pueda, sino porque no
está motivado. Y así surge un problema que no se daba en anteriores
generaciones: ¿cómo hacer que un niño esté motivado si no es mediante la
concesión de deseos? Si hay más de un niño la cosa se complica. Y si hay
adolescentes, el problema crece exponencialmente. De esta forma algunos padres
han perdido en parte su papel de autoridad y referente moral, y se encuentran a
sí mismos teniendo que actuar frente a sus hijos, calculando al milímetro lo
que deben o no decirles, lo que pueden o no exigirles. Y, lo que es igualmente inquietante,
muchos adultos descubrimos que en ocasiones somos incapaces de hacer cosas por
las que no nos sentimos motivados.
¿Es tan mala la motivación? Creo que sin duda es
preferible al deber. Disfrutaremos mucho más cualquier cosa que hagamos si nos
encontramos motivados para ello. Nos recrearemos, lo repetiremos las veces que
haga falta y cuanto tiempo necesitemos hasta alcanzar el objetivo deseado.
Entonces, ¿lo malo es el deber? Pues claro que no: por el mero hecho de vivir
en sociedad ya nos vemos abocados a multitud de comportamientos por deber, son
las normas de la convivencia. Aún más, al desarrollar una ética personal nos
obligamos a hacer cosas que en muchas ocasiones no son las que más nos gustan,
y que sin embargo nos hacen sentir mejor, desde obligarnos a ir al gimnasio
hasta ayudar al compañero de trabajo por el que no sentimos ningún aprecio.
Como muchos padres actuales constatan cada día, la guerra
entre motivación y deber sigue abierta. Hoy en día los profesionales ni
siquiera se ponen de acuerdo en sus definiciones. A mí no me parece que sean términos
excluyentes. Cuando uno es sincero consigo mismo sabe qué cosas desea hacer (y
por lo tanto no necesita que nadie se las imponga) y qué cosas debe hacer
porque son buenas para sí mismo o para los demás, y eso le va a hacer sentir bien. Aunque a veces para disfrutar
los resultados haya que ser pacientes... Pero ese es asunto para otro post.
