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martes, 6 de enero de 2015

Lo bueno de estar mal

A pesar del título, este post no trata del masoquismo: a casi nadie le gusta encontrarse mal… aunque existe un proceso mental que consiste en que si uno pasa demasiado tiempo estando mal, puede acabar por acostumbrarse y encontrar felicidad regodeándose en su infelicidad. De modo que cuando las circunstancias adversas desaparecen, debe reaprender a ser feliz. Y es que el cerebro está programado para adaptarse a prácticamente cualquier cosa.
De lo que quisiera hablar es de la enfermedad, o más exactamente de cómo nos hace sentir. Da igual que se trate del dolor del dedo de un pie o de un cáncer, cualquier malestar nos roba en parte la mente. Personalmente lo que peor llevo de la enfermedad es el sentimiento de indefensión e inutilidad que me genera. No poder rendir al 100% me frustra y me sume en la tristeza. Y así el problema inicial me genera otro nuevo.
Hace unos 20 años sufrí un accidente bastante grave, de infausta memoria, del que tardé meses en recuperarme. Recuerdo como particularmente dolorosas las sesiones de rehabilitación, en las que compartía gimnasio con personas de la 3ª edad. Yo luchaba denonadamente por recuperar la movilidad, y estaba lo suficientemente obsesionado como para no pensar en que no fuera a conseguirlo, ¡era solo cuestión de esforzarme más y más! Pero me daba cuenta que mis compañeros no tenían los mismos objetivos, su esfuerzo se dirigía a mantenerse como estaban, a no empeorar. Esa realidad me hizo reflexionar respecto a cómo desaprovechamos, a lo largo de nuestra vida, todo lo bueno que nos rodea. Bastaría con pensar un instante todas las mañanas, y sentirnos agradecidos por lo que la vida pone a nuestra disposición, para comenzar el día con una actitud benevolente y positiva.

Lo cierto es que hay una única cosa que me consuela cuando estoy mal: saber que es pasajero, que volveré a sentirme bien. Pero ¿qué ocurre cuando no es así, cuando nos enfrentamos a una enfermedad para toda la vida, o al desgaste de la edad? El primer paso es aceptar lo inevitable, para no malgastar el tiempo lamentándonos, lo que sólo nos conduciría a amargarnos, ensuciando todos los aspectos de nuestra vida. Pero aceptarlo no significa resignarse, así que el segundo paso es ponernos manos a la obra: ¿qué podemos hacer en nuestra circunstancia, que nos haga sentir plenos? ¿Cómo podemos llenar nuestra vida de sentido? ¿Y la de los que nos rodean? No debemos permitir que la enfermedad merme nuestra  capacidad de realizarnos, aunque sea a través de las pequeñas cosas, los gestos cotidianos. Y como mínimo seguir amando, y esforzándonos por ser amados. Ése es un valor que nada ni nadie puede quitarnos. Y es que el cariño ni cuesta ni se gasta, y sin embargo ¡qué caro solemos venderlo!

martes, 30 de diciembre de 2014

Motivación vs. deber: una lucha fratricida

Tengo 40 años. Pertenezco a una generación que desconocía el concepto de motivación. Cuando sacaba buenas notas y se lo recordaba a mis padres esperando algún regalo, me respondían: “no haces más que lo que debes” En efecto, cuando era niño las cosas había que hacerlas porque te las mandaban, o porque debías. El asunto era especialmente acuciante en cuestiones éticas: ¿hago el esfuerzo de ser amigo de Cristina, que es una engreída pero no tiene amigos? ¿estudio lo justo para aprobar matemáticas, que detesto, o me esfuerzo más para lograr una buena nota y alegrar a mis padres? Si eras un niño dócil hacías lo que te decían que tenías que hacer… o cargabas con el sentimiento de culpa.
Así y todo hemos salido adelante arrastrando esa idea del deber por delante de las preferencias.
Cuando ya hemos crecido asistimos, durante años, al descrédito del deber. Cualquier cosa obligada era intrínsecamente rechazable. No sólo para los niños, también para los adultos, que parecíamos desquitarnos así de una infancia que según algunos psicólogos había sido necesariamente traumática. No voy a minimizar los posibles errores de nuestros padres, pero hoy pienso que la gran mayoría lo hicieron todo lo bien que supieron, que no es poco. Pero nosotros no hemos querido repetir sus fallos y generamos en casa un entorno de negociación y motivación: el lunes vemos tu serie en tv y el martes vemos la mía; el niño no saca buenas notas no porque no pueda, sino porque no está motivado. Y así surge un problema que no se daba en anteriores generaciones: ¿cómo hacer que un niño esté motivado si no es mediante la concesión de deseos? Si hay más de un niño la cosa se complica. Y si hay adolescentes, el problema crece exponencialmente. De esta forma algunos padres han perdido en parte su papel de autoridad y referente moral, y se encuentran a sí mismos teniendo que actuar frente a sus hijos, calculando al milímetro lo que deben o no decirles, lo que pueden o no exigirles. Y, lo que es igualmente inquietante, muchos adultos descubrimos que en ocasiones somos incapaces de hacer cosas por las que no nos sentimos motivados.

¿Es tan mala la motivación? Creo que sin duda es preferible al deber. Disfrutaremos mucho más cualquier cosa que hagamos si nos encontramos motivados para ello. Nos recrearemos, lo repetiremos las veces que haga falta y cuanto tiempo necesitemos hasta alcanzar el objetivo deseado. Entonces, ¿lo malo es el deber? Pues claro que no: por el mero hecho de vivir en sociedad ya nos vemos abocados a multitud de comportamientos por deber, son las normas de la convivencia. Aún más, al desarrollar una ética personal nos obligamos a hacer cosas que en muchas ocasiones no son las que más nos gustan, y que sin embargo nos hacen sentir mejor, desde obligarnos a ir al gimnasio hasta ayudar al compañero de trabajo por el que no sentimos ningún aprecio.


Como muchos padres actuales constatan cada día, la guerra entre motivación y deber sigue abierta. Hoy en día los profesionales ni siquiera se ponen de acuerdo en sus definiciones. A mí no me parece que sean términos excluyentes. Cuando uno es sincero consigo mismo sabe qué cosas desea hacer (y por lo tanto no necesita que nadie se las imponga) y qué cosas debe hacer porque son buenas para sí mismo o para los demás, y eso le va a hacer sentir bien. Aunque a veces para disfrutar los resultados haya que ser pacientes... Pero ese es asunto para otro post.