Todos los años por estas
fechas la agenda me provoca sentimientos encontrados. No me refiero a la compra
de regalos entre aglomeraciones, ni a tener que desear “felices fiestas” a los
amienemigos en las cenas navideñas forzosamente fraternales y felices, de las
que no podemos huir. Me refiero a estrenar
agenda, traspasando cumpleaños y citas al año entrante. Habrá quien pueda
disfrutar de este acto, que a mí me desasosiega. Copiar los cumpleaños me
recuerda en qué punto se encuentran las amistades que fueron intensas, y que el
transcurso del tiempo desdibuja de la memoria. También están los aniversarios
de los recién llegados a nuestras vidas, pero cada año son menos. Quizás porque
con la edad se nos desgasta la ilusión por embarcarnos en compromisos
emocionales, cuando debería ser justamente al contrario: al envejecer nos
volvemos más huraños, cuando tanto necesitamos del apoyo de los que tenemos más
a mano.
La edad nos vuelve más egoístas, lastrándonos con
certezas que se supone nos ayudan a seguir adelante, pero que en realidad esconden el miedo a vivir en la incertidumbre, que nos
obligaría a replantearnos constantemente lo que ya dábamos por sabido. Poco a
poco vamos renunciando a exponernos a los demás, a la suave emoción de una nueva
amistad, a descubrir más de los que conocemos, al tiempo que nos aferramos con fe a
nuestras certezas.
Aunque a veces es más simple:
nos volvemos cómodos, no queremos tener que repensar lo que dábamos por sentado,
aunque todo a nuestro alrededor nos indique que estábamos equivocados.
Preferimos enrocarnos en errores que, eso sí, ¡son los nuestros!, antes que
aceptar que cambiar de opinión no es claudicar, sino estar profundamente
comprometido con la vida. Porque vivir en plenitud es estar expuesto a la
intemperie, equivocarse y rectificar significa estar dispuestos a
aprender siempre. No hace falta ser un chiquillo sin experiencia en la vida para sentir que los que están más cerca de nosotros son universos por descubrir.
En la ciencia tenemos el
ejemplo más claro. Una teoría es válida hasta que llega otra mejor y la
desbanca. En el pasado se creía que la Tierra era plana. Después que era
esférica. Hoy sabemos que tiene los polos achatados. Las certezas previas a la nueva verdad no tenían
el mismo grado de error, la segunda era más acertada. Debemos
asumir que lo mismo ocurre con nuestras certezas: puede que sean verdaderas, o podemos descubrir
que estaban más o menos cerca de una nueva verdad que probablemente nos guste
menos, pero que más pronto que tarde nos hará un poco más sabios, y con suerte nos acercará un poco más a los demás.
